La importancia del falo como símbolo masculino
En el servicio fúnebre de la Iglesia de Inglaterra, el ministro dice: «El hombre que nace de una mujer tiene un corto tiempo de vida... Crece y es cortado como una flor». Esto describe exactamente el poder cíclico de un hombre. La fuerza de un hombre está en su falo, al igual que la de una mujer está en su vulva (en el sentido en que es el asiento de la fuerza creativa). La erección del hombre tiene una vida breve y luego «se corta como una flor»; sin embargo, crece de nuevo. El orgullo del varón se ha asociado al símbolo del pene, y los hombres son capaces de hacer muchas cosas para protegerlo y para proteger aquello que (erróneamente) creen que les pertenece, de ahí la invención del cinturón de castidad. Pregunten a cualquier hombre qué parte de su anatomía le gustaría menos perder y diez contra uno responderán que el pene. Los «protectores» del cricket, los suspensorios de los jockeys y de los boxeadores, etc., forman parte del vestuario del hombre deportista tanto como sus camisetas o sus zapatillas. Observe a los jugadores alineados delante de la portería en espera de que se lance una falta de tiro libre. Podrían sufrir daños en los ojos, les podrían romper los dientes o la nariz, pero ¿qué es lo que protegen con tanto esmero? Exactamente eso.
El pene erecto constituye un antiguo símbolo de virilidad y poder, y ése es el motivo por el cual, en las batallas de antaño, los reyes y conquistadores castraban a los cautivos masculinos. Era un medio cruel pero eficaz de asegurarse de que, por lo menos unos cuantos, no les molestarían en el futuro. Un rey destronado, tal como Osiris, y todos los hijos que pudiera tener, eran también castrados para asegurar que nadie reclamaría el trono. Éste fue el motivo de que Isis y Anubis escaparan de la venganza de Set. Anubis, como hijo de su padre, tenía que librarse del mismo destino. En el mundo conocido era costumbre en esa época que el rey estuviera entero y fuese viril. Si le faltaba algo, la tierra y la gente estaban condenadas a sufrir. Esto, si lo recuerdan, retrocediendo en el tiempo, coincide con la vinculación de la fertilidad de la tierra con la del rey.
No importa cómo se enfoque esta cuestión en el mundo actual, el símbolo de poder y fuerza fálicos permanece profundamente arraigado en el subconsciente. Puesto que se necesitaba una mujer, una reina o una sacerdotisa para probar esa virilidad, se intentaba todo lo que pudiera atraer la atención hacia la misma. El corto jubón medieval que terminaba justo por debajo del ombligo y que se llevaba junto con unas calzas largas y unos calzones enjoyados y probablemente acolchados constituye un buen ejemplo. Los pantalones vaqueros, apretados, gastados y ceñidos al cuerpo, con la cremallera justo lo suficientemente abierta como para que resulte sugestiva, son el equivalente moderno, tal como comprobó en su propia persona el presentador de una serie histórica británica. La serie fue una de las más populares de ese año, y las mujeres la veían a millares, no para ver los fenomenales paisajes o escuchar los excelentes guiones, sino para contemplar al (reconocido públicamente como guapo) presentador con sus vaqueros gastados trepando por las montañas griegas..., aunque para ser honestos hay que reconocer que el pobre hombre estaba totalmente absorto en su trabajo y no tenía ni la más remota idea del efecto que producía sobre la población femenina de Gran Bretaña...
Los coches con un capó alargado, ostentando preferiblemente una mascota inusual, una lancha motora potente, una moto Kawasaki recubierta de «accesorios» o el tradicional semental encabritado son los eufemismos sexuales para el falo erecto del conductor/jinete. Todos forman parte de la exhibición sexual que cada animal macho ofrece para encontrar una compañera. El problema es que es más que probable que una mujer moderna se excite más por la mente de un hombre que por su cuerpo.
Mary Whitehouse