Una tarde me trajeron a un niño descalabrado:
se había caído por el precipicio de un cerro.
Cuando, para revisarlo, le quité el poncho,
vi dos alas.
Apenas el niño pudo hablar le pregunté:
-¿Porqué no volaste, mi hijo, al sentirte caer?
-¿Volar? -me dijo-. ¿Volar, para que la gente se ría de mí?







Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados